Hay un patrón invisible que se repite en la historia deportiva sudamericana. Da igual que sea una final del Mundial en Lusail, un partido de baloncesto en Atenas o un quinto set de Copa Davis: el argentino parece necesitar el precipicio para explotar.

Mientras que en otras culturas deportivas la estabilidad y la planificación son la clave del éxito, en Argentina el motor es el caos y la dificultad. Esta cualidad ha hecho a sus exponentes rivales temibles que jamás se rinden, incluso cuando todo apunta a que el encuentro está perdido.

La épica como único camino

El espectador imparcial suele sorprenderse del dramatismo que envuelve a las selecciones albicelestes, pues parece que no vale la pena ganar sin sudar. Esta historia de sufrimiento antes de la gloria está grabada en la mente colectiva.

Para el fan, la victoria solo cuenta si hubo un monstruo gigante que vencer. Es algo que desafía a los pronosticadores y casas de apuestas online porque las matemáticas no pueden calcular el orgullo herido de un equipo argentino. Cuando las cuotas están en contra, es cuando se despierta una rebelión interior que iguala el terreno de juego.

El rebelde del sistema

Maradona fue como nadie el héroe trágico y rebelde. Se convirtió en algo más que un atleta porque era la victoria del talento anárquico sobre el poder establecido. Jugar lesionado del tobillo en el Mundial de Italia 90 no fue negligencia médica para los ojos locales, fue patriotismo. Ese legado ha pasado de generación en generación; el deportista argentino sabe que no solo compite, defiende una identidad.

Esta forma de pensar genera una armadura: el tenista que gana un partido imposible, el piloto que compite con un coche inferior no lo hacen solo por técnica. Lo hacen porque culturalmente se les ha educado que rendirse no es una opción. La dificultad no es un obstáculo. Es el lugar en el que los buenos se separan de las leyendas.

Resiliencia en tiempos de crisis

Sociólogos y psicólogos deportivos han tratado de explicarlo por la historia del país. Acostumbrados a las crisis económicas y sociales recurrentes, los argentinos se han vuelto maestros en el arte de la adaptación. El deportista la traslada al terreno de juego. Si el árbitro pita en contra, si la afición rival es hostil, si el oponente es superior físicamente, el deportista se siente en casa. La comodidad los duerme, pero la guerra los despierta.

Esto se nota sobre todo en deportes de equipo como el rugby o el hockey sobre hierba. Las Leonas y Los Pumas han forjado su mística con base en la entrega física sin límites y la defensa colectiva. No se trata de trofeos, se trata de respeto.

El mundo sigue maravillado con esta manera de competir. Otros persiguen la perfección técnica, la frialdad ejecutora; Argentina sigue apostando al corazón apasionado. Es la prueba empírica de que el estado de ánimo puede compensar carencias tácticas y de que para ellos el sufrimiento no es un castigo. Es solo el costo que deben pagar por la gloria eterna.