Este jueves 3 de abril se cumplen 40 años del estreno de La Historia Oficial, la película de Luis Puenzo que, en plena democracia naciente y con los juicios a las juntas militares apenas comenzando, osó hacer lo que tantos todavía no podían: hablar.
Y no hablar en abstracto, sino con nombres, cuerpos y heridas. En este caso de Alicia, la mujer en la que se mete en su piel Norma Aleandro, esa profesora de historia encerrada en el relato que enseñaba y que el país empezaba a derrumbar. También de Gaby, la nena adoptada que quizás no había sido abandonada sino robada. Hablar del miedo, de los pactos de silencio, de los cómplices de traje y corbata que firmaron adopciones como quien firma contratos de muerte.
Cuando en abril de 1985 se encendieron los proyectores por primera vez no era solo cine, era un espejo. Rodada con temor y bajo amenazas, porque aún retumbaban las botas de los represores, y los actores sabían que una palabra podía ser una condena, la película llegó a la pantalla dos años después del regreso de la democracia. El público no salía de la sala igual a como había entrado. Muchos, por primera vez, escuchaban en voz alta lo que las paredes de sus casas les habían susurrado durante años: que el horror no había sido exageración.
La historia se desarrolla en los años finales del régimen militar. Alicia, casada con Roberto, interpretado por Héctor Alterio, un empresario enriquecido durante la dictadura comienza a dudar sobre el origen de su hija adoptiva. En paralelo, una amiga que vuelve del exilio, interpretada por Chunchuna Villafañe, le confiesa que fue torturada por tener una relación con un supuesto “subversivo” y que fue testigo del robo sistemático de bebés a mujeres detenidas. La sospecha de que Gaby podría ser una de esas pequeñas apropiadas se convierte en el centro de la trama, mientras la protagonista se enfrenta a su marido, a sus creencias, y a una verdad que no puede seguir negando.
El impacto no fue solo por lo que contaba, sino por cómo lo contaba. La tensión no necesitaba violencia explícita: bastaba con miradas, frases suspendidas y un silencio que retumbaba. El rostro rígido de Alterio, la fragilidad de Aleandro, la crudeza contenida de Villafañe. Y ese final, que aún hoy sigue dejando sin aliento: Alicia enfrentando a su esposo, escapando de su casa, mientras Gaby canta sola en la mecedora de su abuela la canción de María Elena Walsh, “En el país de Nomeacuerdo”. Un tema infantil convertido en símbolo del despojo: de la identidad, de la verdad, de la historia.
Lo que pocos sabían en ese entonces era que el rodaje había comenzado en 1983, cuando todavía gobernaba la dictadura. El equipo era reducido y el ambiente, tenso. Además, circulaban rumores inquietantes: que hablaban de bebés apropiados, que los servicios de inteligencia seguían de cerca la producción. Algunos integrantes del elenco recibieron amenazas. Nadie sabía hasta dónde podían llegar, pero siguieron adelante y la estrenaron finalmente dos años más tarde.
En 1986, un año después de su lanzamiento, el filme hizo historia nuevamente. Fue la primera película argentina en ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera. La ceremonia fue conducida por Robin Williams, y la categoría fue presentada por la propia Aleandro junto a Jack Valenti. Competía contra títulos de gran peso como Coronel Redl (Hungría), Papá salió en viaje de negocios (Yugoslavia) y Tres hombres y un biberón (Francia). Pero el film argentino se llevó la estatuilla dorada.
Al conseguir la victoria aquella noche, su director subió al escenario y dijo, con voz firme y emoción contenida: “Aceptando este honor, no puedo olvidar que otro 24 de marzo, hace diez años hoy, sufrimos el último golpe militar. Nunca olvidaremos esa pesadilla, pero ahora estamos empezando ahora a dar comienzo a nuestros nuevos sueños”.
La Historia Oficial ganó más de 40 premios internacionales, fue celebrada por la crítica mundial y considerada por muchos especialistas como una de las mejores películas argentinas de todos los tiempos. Pero más allá del reconocimiento, su mayor logro fue emocional, político y cultural. Fue abrir la puerta de lo indecible y romper el silencio.
En 2015, con motivo de su 30° aniversario, la película fue restaurada digitalmente con las mejores técnicas disponibles, haciendo justicia a la fotografía de Félix Monti y permitiendo que nuevas generaciones la conocieran en alta calidad. Esa copia digital llegó a Netflix, acompañada por otras películas producidas por Puenzo, que tanto grandes como chicos lograron acceder y verla, ya sea por primera vez o esperando revivir todas las escenas como si lo fuera.
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