Hay historias que parecen sacadas de una novela policial, pero ocurrieron en la realidad y marcaron un antes y un después en la historia. Una de ellas tuvo como escenario a la, por entonces, joven localidad de Quequén (fundada en 1854), donde hace 134 años un crimen atroz conmocionó a toda la comunidad y terminó convirtiéndose en un caso de trascendencia mundial.

La efeméride fue recordada este 29 de junio por el área de Museos del Parque Miguel Lillo, al cumplirse un nuevo aniversario del doble homicidio que dio origen al que se considera el primer caso resuelto mediante huellas dactilares, una técnica que revolucionaría para siempre la investigación criminal.

La mañana del 29 de junio de 1892 encontró una escena escalofriante: Francisca Rojas apareció con un profundo corte en la garganta, mientras que sus dos pequeños hijos de 4 y 6 años habían sido degollados. La mujer señaló inmediatamente como responsable a un vecino llamado Pedro, quien quedó bajo sospecha.

Sin embargo, la investigación tomaría un rumbo inesperado. Desde La Plata llegó un telegrama dirigido al comisario inspector Eduardo Álvarez con una orden que, para la época, resultaba revolucionaria: obtener las impresiones digitales que el asesino pudiera haber dejado en la escena del crimen.

Con la colaboración de Juan Vucetich, el argentino de origen croata que por entonces desarrollaba un innovador sistema de identificación mediante huellas dactilares, los investigadores comprobaron que las marcas encontradas no pertenecían al acusado, sino a la propia Francisca Rojas.

Frente a una prueba que resultó irrefutable, la mujer terminó confesando haber asesinado a sus hijos.

El caso pasó a la historia porque se considera que Francisca Rojas fue la primera persona en el mundo condenada gracias a la evidencia aportada por sus propias huellas dactilares, un hito que transformó la criminalística moderna y convirtió a Quequén en el escenario de uno de los episodios más trascendentes en la evolución de las investigaciones policiales.