Un 20 de abril de 1980, comenzaron las lluvias sobre gran parte del territorio de la provincia de Buenos Aires. En nuestra ciudad se registraron 100 milímetros de lluvia caída en sólo dos jornadas, y ello con el correr de los días terminó convirtiéndose en la catástrofe hídrica más devastadora de la historia moderna de Necochea y Quequén. Al cumplirse un nuevo aniversario, el área de Museos del Parque Miguel Lillo rescató del archivo los detalles de aquellos días donde el río se transformó en un gigante incontrolable.

Todo comenzó con un frente de tormenta que afectó a gran parte de la provincia de Buenos Aires. En apenas 48 horas, Necochea registró una caída de 100 milímetros de agua. Lo que parecía una inundación urbana convencional pronto escaló: el caudal del Río Quequén Grande empezó a recibir los excesos de toda la cuenca superior, avanzando río abajo con una fuerza inusitada.

Las primeras consecuencias no tardaron en llegar: 200 evacuados en las primeras jornadas, principalmente de la zona ribereña, desalojo total de la Terminal de Ómnibus ante el avance inminente del agua y declaración del estado de emergencia municipal y suspensión de clases.

29 de abril: El día que cayeron los gigantes

El momento más dramático de la crisis ocurrió nueve días después del inicio de las lluvias. La fuerza de la corriente, cargada de sedimentos, troncos y restos de naufragios, fue demasiada para la infraestructura local. En una jornada que los vecinos de entonces recuerdan con nitidez, la ciudad vio caer sus conexiones vitales:

“El rugido del agua era ensordecedor. Primero fue el Puente Negro, luego el Ferroviario y, finalmente, el emblemático Puente Ezcurra sucumbió ante la presión, dejando a Necochea y Quequén fracturadas.”

Para ese momento, la cifra de evacuados ya ascendía a 600 personas, mientras que el río se convertía en un cementerio de objetos: muebles, animales muertos y restos de muelles eran arrastrados hacia la desembocadura.

El caos en el puerto: Buques a la deriva

El puerto fue escenario de un caos naval sin precedentes. La corriente era tan intensa que cortó amarras y arrastró embarcaciones de gran porte como si fueran de papel: El “Caribea”: Arrastrado hasta quedar varado cerca de la Colonia Pinocho en Quequén. El “Pesquera III”: Terminó frente a la zona de Bahía de los Vientos. Flota dañada: Los buques Santa Elena I, Santa Rosa, San Cayetano II y el buque factoría Knossos sufrieron daños estructurales graves en el antepuerto. El “Anna C”: El imponente buque de bandera griega quedó varado a mitad de la Escollera Sur, con toda su tripulación atrapada a bordo mientras observaban la fuerza del río encontrándose con el mar.

El lento regreso a la calma

Recién el 1º de mayo de 1980, el nivel del agua comenzó a ceder de manera perceptible. Sin embargo, la ciudad que emergió del lodo ya no era la misma. La pérdida de los puentes no solo marcó una cicatriz en el paisaje urbano que tardaría décadas en sanar (y que en el caso del Ezcurra, aún genera reclamos), sino que quedó grabada en la memoria colectiva como la prueba máxima de la potencia de la naturaleza frente a la planificación humana.