Hubo una época en la que el silbato de las locomotoras marcaba el ritmo del crecimiento de la región. El tren no solo acercaba pasajeros y mercaderías, sino que también impulsaba el desarrollo económico y social de Necochea y Quequén.
En su habitual espacio dedicado a las efemérides, el área de Museos del Parque Miguel Lillo recordó que los primeros días de agosto guardan dos fechas fundamentales para la historia ferroviaria del distrito.
El primer hito ocurrió el 1° de agosto de 1892, cuando quedó habilitado el tramo Balcarce-Quequén, de 104,5 kilómetros de extensión. La obra completaba el avance iniciado meses antes, el 24 de febrero de ese año, con la apertura de la línea Ayacucho-Balcarce, de 87,8 kilómetros.
Dos años más tarde, también un 1° de agosto, pero de 1894, se produjo otro acontecimiento que quedó grabado en la memoria de la comunidad: la llegada del primer tren con vagones de pasajeros y carga a la estación de Quequén y Necochea.
Los registros históricos conservados por el museo describen un momento cargado de simbolismo: “El primer Jefe de Estación, Lorenzo Revol, repica la campana 21 veces”, dando la bienvenida a una nueva etapa para ambas ciudades.
Con el paso de las décadas, el tren se convirtió en un protagonista cotidiano de la vida de miles de vecinos. Su desaparición dejó un vacío que todavía hoy despierta nostalgia entre quienes alcanzaron a vivir aquella época o escucharon las historias transmitidas de generación en generación.
Estas efemérides invitan a volver la mirada sobre un capítulo esencial de la historia local, cuando las vías férreas representaban progreso, conexión y futuro para Necochea y Quequén.