La fecha fue establecida por entidades representativas del sector para homenajear a los comerciantes y destacar el aporte que realizan a sus comunidades. Aunque durante años se celebró el tercer jueves de septiembre, con el tiempo quedó fijada definitivamente para el 16 de septiembre.
El vínculo entre estos comercios y la historia de nuestras calles está estrechamente ligado a las grandes corrientes migratorias. Durante las primeras décadas del siglo XX, los almacenes comenzaron a multiplicarse en Necochea y Quequén de la mano de inmigrantes —especialmente españoles e italianos— que encontraron en el mostrador una forma de integrarse a la vida económica y social de la zona.
Con el paso de las décadas, el almacén se consolidó como algo más que un lugar de abastecimiento: fue el verdadero centro de reunión de cada barrio. Detrás de la mesada se construyeron relaciones de confianza y cercanía; los comerciantes conocían a las familias, sus historias y sus necesidades, adelantándose muchas veces al pedido del cliente.
La expansión de las grandes cadenas y autoservicios modificó las formas de consumo y redujo el protagonismo de la libreta y el despacho tradicional. Muchos comercios históricos debieron reconvertirse en polirrubros o autoservicios de proximidad para sobrevivir.
Sin embargo, a lo largo de nuestro distrito todavía sobreviven almacenes que conservan intacta esa mística: antiguas balanzas, mostradores de madera y una atención personalizada servida por sus propios dueños. Aunque el consumo haya cambiado, la charla cotidiana entre quien vende y quien compra sigue siendo un sello de identidad imposible de reemplazar en los barrios de Necochea y Quequén.