Se llevó adelante una nueva actividad impulsada por Puerto Ciudad Inclusiva, en este caso en el Instituto SER, que trabaja con personas en situación de discapacidad.
Lo que comenzó como una propuesta educativa centrada en las aves predominantes de la escollera de Quequén terminó convirtiéndose en una experiencia donde educación, ambiente, arte e inclusión encontraron un mismo lenguaje.
Dieciséis concurrentes participaron de una jornada que combinó material audiovisual, intercambio grupal y producciones artísticas inspiradas en el paisaje costero-portuario. La actividad fue coordinada por la Lic. Sofía Pollan y Pamela Klink, junto al acompañamiento de la vicedirectora Lucía Jara.
Sin embargo, el verdadero valor de la experiencia no puede medirse únicamente por la cantidad de participantes ni por los dibujos realizados. Su importancia radica en otra dimensión: la capacidad de transformar elementos cotidianos del territorio en oportunidades de aprendizaje, participación y construcción de identidad.
Las aves de la escollera dejaron de ser una presencia habitual del paisaje para convertirse en una puerta de entrada al conocimiento, la observación y la expresión creativa. Allí aparece una de las características distintivas de Puerto Ciudad: utilizar los recursos culturales, ambientales y simbólicos de Puerto Quequén para acercar el puerto a la comunidad desde una perspectiva humana.
La experiencia también refleja una evolución más profunda. Puerto Ciudad ya no puede interpretarse únicamente como una suma de actividades. Detrás de cada intervención existe una lógica de articulación que vincula instituciones educativas, organizaciones sociales, equipos técnicos y comunidad en torno a objetivos compartidos.
En esa construcción, cada acción fortalece algo más que un vínculo puntual. Fortalece redes, genera confianza institucional, amplía oportunidades de participación y consolida una relación más cercana entre Puerto Quequén y su territorio.
En un contexto donde muchas veces las organizaciones son evaluadas únicamente por su capacidad operativa, estas experiencias recuerdan que el desarrollo también se construye desde el conocimiento, la inclusión y el sentido de pertenencia.
Porque cuando el territorio se convierte en aula, el aprendizaje deja de ser una actividad aislada para transformarse en una herramienta de integración comunitaria. Y cuando eso ocurre, el valor generado trasciende la jornada y permanece en las personas, en las instituciones y en la comunidad que las contiene.