Por Horacio Minotti (*)

Estamos a muy pocos días de las primarias, apenas unas internas oficializadas con control estatal y reglas comunes a todas las agrupaciones, como contraposición a las viejas internas en las que los partidos políticos manejaban las cosas a su antojo. Pero internas al fin. Y, sin embargo, jamás se había definido tanto en una interna.

Cuando Antonio Cafiero y Carlos Menem se enfrentaron por la candidatura peronista, allá por 1989, es posible que también se hubieran definido muchas cosas, por ejemplo, qué política económica iba a guiarnos por los siguientes 10 años. Pero la gran diferencia con estas PASO, es que no lo sabíamos al momento de votar. Menem proponía un modelo de peronismo extraclásico, caudillista y mesiánico, y Cafiero, algo un poco más moderno, pero siempre ligado a la liturgia tradicional pejotista.

Luego Menem hizo todo lo contrario a lo que postulaba y explicó que, si lo hubiera dicho en campaña, nadie lo hubiese votado. Una estafa más a la voluntad popular, pero dicha con simpatía, al margen de nuestros gustos por los resultados de su gestión, que son harina de otro costal.

De allí en más, pocas internas se llevaron a cabo, y las que hubo no definieron alguna cosa útil. De hecho, las PASO de Cambiemos en 2015 jugaron el papel simbólico de refrendar el liderazgo de Mauricio Macri al frente de la coalición que terminó alcanzando la Presidencia.

Sin embargo, esta elección es muy diferente, porque las versiones internas que se enfrentan en las dos grandes agrupaciones políticas hacen planteos sustancialmente diferentes.

 

Dentro de Unión por la Patria esa distancia es incluso ideológica. Sergio Massa representa una suerte de conservadurismo pragmático casi impropio del peronismo y mucho más del kirchnerismo. Por su parte, Juan Grabois es más parecido a un candidato de la izquierda católica, y bien podría situárselo dentro de la ya perimida teología de la liberación. ¿Es lógico que convivan dentro del mismo espacio político? Me arriesgo a asegurar que no, pero allí están, dirimiendo qué será el peronismo desde el próximo lunes en adelante.

Dentro de Juntos por el Cambio la distancia ideológica no es tan grande, pero la metodológica es kilométrica. Patricia Bullrich apunta a realizar cambios drásticos, lo más rápido posible, enfrentar a las mafias enquistadas en el poder y desapoderarlas; librar un combate frontal contra el narcotráfico y abandonar en lo inmediato el cepo cambiario que ahoga a la economía. Su rival, Horacio Rodríguez Larreta, parece proponer algunas cosas similares, pero siempre consensuando, buscando acuerdos con todos los sectores, por complejos o corruptos que sean, como en el caso de la CGT, o de sectores del peronismo que han encarnado estos años una suerte de kirchnerismo soft, como el caso del gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti.

El caso de este último es paradigmático: discursivamente se mantiene alejado del oficialismo nacional, porque el pueblo cordobés es totalmente refractario a los K, pero en el Congreso sus legisladores, entre los que se incluye su señora esposa, acompañan las iniciativas del Gobierno, e incluso su construcción de poder es muy similar a la de cualquier peronismo. Sin embargo, Larreta busca por allí, sus alianzas y consensos.

De acuerdo a los ahora tan dudosos números de los encuestadores, la interna de Unión por la Patria estaría definida y solo resta saber por cuánta diferencia se impone Massa y si la misma le permite llegar competitivo a la general o no. Pero, de todos modos, la realidad del país y también los propios encuestadores dan al oficialismo ínfimas chances de reelegir. De modo que, el próximo presidente parecería estarse definiendo en la interna de Juntos, entre dos candidatos tan diferentes desde el punto de vista de la ejecución de las políticas públicas.

Extrañamente, la posición de Larreta tiene algunos adeptos, aunque veremos el 13 de agosto, cuántos son. La rareza de la situación radica en que su postura no solamente es similar al gradualismo ejecutado por Macri en su gobierno, sino que además pontifica sobre ese sistema y lo ensalza. Y al mismo tiempo, buena parte del cuerpo social responsabiliza a aquella gestión, por no haber hecho los cambios a tiempo; por haber intentado acordar con los gobernadores peronistas y resultar defraudado por los mismos; y por haber dejado cambios pendientes a la espera de encontrar acuerdos en el Congreso.

Parece irracional e incompatible ese discurso crítico a la gestión macrista y votar por las mecánicas de cambio slow que propone Larreta. Al contrario, Bullrich proclama haber aprendido de aquellos errores, y se compromete a ser drástica y rauda en la ejecución de aquellos necesarios cambios.

Deberá entonces elegir el votante de Juntos qué tipo de gobierno quiere tener: si uno similar e incluso más gradual que el de Macri, aunque con la misma lógica ideológica; o uno que ejecute con presteza los cambios necesarios. Casi exclusivamente por allí, pasa la decisión a tomar el 13 de agosto, y como cada una que hemos tomado hasta el momento, quedará bajo nuestra estricta responsabilidad definir si establecemos una bisagra histórica o volvemos a intentar transitar tibia y lentamente el proceso transformador.

(*) Periodista, escritor y abogado